By octubre 31, 2012 Read More →

de flores, de mercados y de muertos

Que la festividad de muertos se acercaba, saltaba a la vista. Ya de camino al centro había pasado junto a unos campos de cultivo que por esta época se llenan de aterciopeladas flores de pétalos rizados que van del amarillo al naranja y del rosa intenso al morado. El amaranto y cempasúchil, las flores tradicionales en ofrendas y altares, estaban esplendorosas. Pronto se instalarían junto a los cultivos cientos de vendedores.

El mercado, de por si colorido y bullicioso, tenía más actividad de la habitual y ya estaban montados los primeros puestos de papel picado, alfeñiques, calaveritas de azúcar y todo tipo de artesanías rituales para ofrendas y altares. Marchanta, marchanta, me saludó al paso una vendedora de cirios, le doy buen precio.

Compré una cuantas láminas de papel picado con imágenes del genial Guadalupe Posada, un par de burritos de alfeñique de piel nívea que tiraban de sus carros repletos de diminutas frutas de azúcar; pan de muerto y unos pequeños ataúdes de color naranja con su muertito y todo, al que habría que comerse al final del día. Me sentí bien entre tanta osamenta, entre magras calaveras jugándose los cuartos al poker, fumadoras y bebedoras contumaces de cerveza y tequila, feliz junto a risueños esqueletos que cantaban y danzaban en sus cuerpecillos de madera, barro o azúcar. Un más allá tan genialmente artístico, irreverente y colorido no podía ser un mal lugar para pasar la eternidad.

Del mostrador de una cerería que daba a la calle, salía una nube blanca que se extendía hacia los puestos aledaños cubriendo parte del mercado de una intensa fragancia producida por el copal que ardía en varios sahumerios de barro. Los mayas ya usaban esta resina para purificar y limpiar las energías negativas y me pareció que la tradición seguía vigente, a juzgar por el éxito que parecía tener el negocio.

El olor me recordó al incienso de las iglesias españolas y a esos días de noviembre, grises y lluviosos, cuando de niña visitaba con mis padres el cementerio, para depositar flores a nuestros muertos. Pensé que en nuestra cultura siempre nos habíamos tomado eso de la muerte muy a pecho, y me pareció que siendo un destino irremediable, le hubiéramos tenido que poner un poco más de comedia.

Ya en la calle caminé un rato por los puestos de música y me paré en uno del que colgaba un curioso cartel que recomendaba una lista de éxitos indispensables para pasar una buena noche de muertos en los panteones. Si alguna vez había pensado que no se podía poner vida a la muerte, me había equivocado.

El tráfico, como siempre delirante, me sacó de mis cavilaciones. Eché un vistazo al cielo, allí seguía, lejos del inframundo, tan azul e intenso. Di la vuelta y regresé, había olvidado las flores.

El cuadro es de Desiderio Hernández Xochitiotzin, su título “Velorio de Cristo, día de muertos en Ixtenco, Tlaxcala

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