By julio 2, 2013 Read More →

Ex Convento Franciscano de Tecali, rumbo al pasado

Portada del Convento de Tecali

Portada del Convento de Tecali

La carretera que conduce desde Puebla a Tecali de Herrera pasa por un par de pueblos alegres cuya vida transcurre paralela a las necesidades de los viajeros. Puestos de tacos, cemitas y molotes; de carnitas y pollos asados al carbón; o de barbacoa de hoyo en fin de semana, parecen hacer su agosto en las horas donde el hambre aprieta.

Pasado este primer tramo de trafico persistente, el camino se adentra en una tierra rica en piedra, mármol y ónix. El paisaje, verde claro, es precioso y está salpicado de pequeñas lomas que con poca vegetación y algunas cactáceas acompañan al viajero hasta su destino.

No hace falta conocer la historia de Tecali de Herrera, para darse cuenta de que la mayoría de su población vive de la producción de mármol y ónix. La carretera que atraviesa el pueblo de origen prehispánico, está plagada de tiendas que exponen su producción a pie de calle. Cientos de impávidos flamencos rosas, elefantes, fuentes y lámparas saludan al viajero. Si uno quiere encontrar una buena pieza tendrá que buscar bien y no dejarse llevar por los montones de souvenirs que se producen para el turista de paso. Entre la enorme oferta siempre se encuentran manos artesanas, que realizan un trabajo magnífico.

El Ex Convento Franciscano de Santiago Apóstol

Y al final de la carretera, al otro lado del zócalo, encontramos uno de los vestigios arquitectónicos más impresionantes del estado de Puebla, el Ex Convento Franciscano de Santiago Apóstol.

Al convento se accede por una gran explanada desnuda, que aunque promete una grata experiencia, no desvela lo que a uno le espera al otro lado de la maravillosa portada renacentista. Nada más traspasar un portón de madera que apenas se sostiene en pie, aparece, como salido de algún sueño, un armazón de columnas y arcos de medio punto que hace siglos sujetaron las tres naves de la iglesia, y que ahora descansan a cielo raso sobre un aterciopelado jardín de un verde radiante.

A un lado, el claustro en ruinas con unos cuantos naranjos llenos de frutos, las galerías y patios interiores dejan vía libre a la especulación y a los cuentos. Y es que el edificio fue construido en 1540 y habitado durante algo más de 100 años, hasta que en 1643, fue abandonado por los monjes a causa de las discrepancias que tuvieron con el obispo de Puebla.

El convento permaneció abandonado y se fue derrumbando a través de los siglos. El techo que lo cubría, una complicada armadura de dos aguas con grandes vigas de madera recubiertas por tejas fue saqueado a principios del siglo pasado y, ojo al dato, utilizado en la construcción de la plaza de toros del relicario en Puebla.

Sugerencia: los domingos la entrada es gratuita, pero lo mejor es visitarlo cualquier otro día con menos público. Yo llegué un sábado a primeras horas de la mañana, cuando estaba vacío y en silencio y el sol, todavía tibio, entraba iluminando el jardín, verde refulgente. Una experiencia impagable.

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