By julio 13, 2012 Read More →

Historias de Puebla, o el Tibor de Talavera

Encontré el tibor en una de esas preciosas tiendas de antigüedades que salpican, cada día menos, las calles del centro de Puebla.

Me paré a mirar unas florecillas blancas que se enredaban y trepaban díscolas por la herrería de sus ventanas y como la puerta estaba entreabierta y aunque era domingo, me animé a tocar la aldaba, suponiendo que alguien acudiría.

Me pasaron al recibidor y de ahí a un patio interior alegre y soleado, lleno de buganvilias fucsias que cubrían triunfantes parte de un muro, sin atreverse a perturbar la paz de una pequeña y desgastada fuente de piedra, que pasaba sus días bajo la sombra de un limonero de pequeños frutos verdes y lustrosos. Me paré un rato a escuchar el agua discurrir fresca y tranquila y me pareció estar en otra época, con más tiempo y menos prisas.

Seguí los pasos de mi anfitrión por una empinada escalera de piedra con un barandal de hierro bien cuidado, que llevaba a los pisos superiores. La puerta daba paso a unos amplios salones en penumbra, decorados con rococó francés, chippendale y mueble colonial, en los que descansaban delicadamente cientos de piezas de porcelana francesa y alemana y alguna que otra joya de mayólica poblana, que esperaban comprador.

Eché un vistazo rápido a la colección y encontré un precioso tibor azul de talavera que parecía estar esperándome desde hacía tiempo, el corazón me dio un vuelco. Mi anfitrión, que parecía leer mis pensamientos, se acercó y me dijo: – era de mi tío, tendrá unos cien años, se la compró a Ysauro Uriarte y nunca la quiso vender.

Sonreí con algo de guasa, esta inteligente introducción sobre la pieza, pretendía subir su valor histórico y sentimental, lo que sin duda se traduciría en valor económico. El tío del que hablamos, el anticuario, había muerto dejando aquella estupenda casa y el negocio a sus sobrinos.

A la pieza, le habían colocado en la boca una bola plateada de vidrio craquelado. Le falta la tapa, me aseguró, lo de ponerle la bola se le ocurrió a mi tío, dijo convencido de la creatividad y salero de éste.

Después de  llegar a un acuerdo, me fui con el precioso tibor y con una idea en la cabeza, al día siguiente visitaría la fábrica de Uriarte, los herederos de Ysauro, con el fin de ver qué opinaban ellos sobre la pieza y la tapa. Que hubiera tenido una, me sonaba muy raro.

Entré con ella en brazos y la coloqué sobre el mostrador. El encargado la miró encantado y llamó a los otros empleados que se arremolinaron curiosos ante la pieza.

La miró de arriba abajo y comprobó la firma. Sí, dijo, es una pieza de “don Ysauro”, preciosa, por cierto. Es un tibor farol y no, no le falta ninguna tapa, el modelo es así.

Parece que el heredero de la pieza no tenía ni idea de lo que su tío le había dejado en aquella fantástica casona colonial. Me alegró comprobar que, por lo menos, el precio había sido justo.

Y como el encargado parecía que sí conocía muy bien el negocio, le pregunté por unas pequeñas burbujas que tenía la pieza. ¿Esto significa que el tibor es de segunda clase? le dije casi sin querer oir la respuesta. Señorita, me dijo divertido, hace 100 años no existían piezas de primera o segunda clase, las que salían enteras, ya eran un milagro.

Y así fue y así os lo cuento.

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