By mayo 26, 2013 Read More →

La tejedora de palma y de sueños

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Ya se lo dijo su mamá: Susi, tienes que aprender a tejer la palma sí o sí. ¿Qué harás si te toca un esposo flojo, o uno que no te da dinero, cómo darás de comer a tus hijos?. Te aseguro que no te va a gustar ir al mercado a ver como los demás compran la carne mientras tú solo puedes olerla, le avisó.

Por aquel entonces Susana Soancatl Zacamitzin no sabía que tendría 7 hijos. Me cuenta que los tuvo “normales”, agarrada a un listón que colgaba del techo y en cuclillas, haciendo fuerzas. Así le llegaron, uno detrás del otro.

Y claro que tuvo que aprender a tejer la palma, aunque este arte no le garantizó una existencia cómoda. ¡Qué dura es la vida!, dice mientras se coloca unos mechones que le caen de la frente, muchas veces no teníamos qué comer.

Susi es menuda pero no pasa desapercibida. Ahora es una experta artesana y maestra, y ha venido a Puebla a participar en el coloquio sobre arte popular celebrado en el auditorio de San Pedro Museo de Arte.

Lleva una faldita negra con godés por debajo de la cual se ve la puntilla inmaculada de su enagua, una blusa blanca bordada y zapatos negros de goma. Se atusa el pelo todo el tiempo, quiere estar presentable y aunque le faltan algunos dientes y no quiere sonreír para que no quede constancia de ello, no puede evitar hacerlo todo el tiempo. Resulta guapa y llena de vida.

Me cuenta que le gustaría poder vivir de las artesanías, pero no puede. Es de Huatlatlauca, una localidad apartada de la sierra mixteca, y no tiene la posibilidad de hacer venta diaria, sus clientes están a tres horas, en Puebla. La única esperanza es que me llamen para ir a una feria “al otro lado”, me dice. Ya estuvo una vez cuenta, formando parte de una delegación de artistas populares que llegaron hasta el mismísimo Obama. Cuando le pregunto si pudo saludarle, me dice que sí, que de lejos y se ríe tapándose con gracia la boca.

Así que a Susi, como a tantos otros grandes artesanos, no le queda más remedio que trabajar el campo para sacar su sustento diario. Me dice que tiene milpas, calabacitas y frijoles. Con eso y las tortillas, ya tiene para comer.

Se hace tarde y ya no nos queda más tiempo para la charla, así que nos despedimos. De una bolsita saca un ramito de flores de palma y me lo tiende, es para usted, me dice y con un cariñoso abrazo, nos decimos adiós.

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