By septiembre 19, 2012 Read More →

Una historia de Colima y de una enigmática mujer de barro

Llegué a Colima buscando a Guillermo Ríos, uno de los mejores especialistas en reproducción de figuras precolombinas que tiene México.

Como era la primera vez que visitaba la ciudad, tuve que dar unas cuantas vueltas por un barrio de casitas bajas hasta dar con él. Una señora menuda y guapa abrió la puerta y me dijo, señalando con el dedo un solar al otro lado, que Guillermo estaba en el horno. Como yo sabía perfectamente a lo que se dedicaba don Guillermo, aquello de que “estaba en el horno” no me asustó.

El terreno estaba en mitad de la calle, junto a una casa recién pintada de sorbete de mandarina y llena de flores. Tenía un pequeño muro de piedra derrumbado en partes, lo que hacía al solar accesible a cualquiera. No sé que tenía aquel muro, pero me pareció encantador, como si alguien lo hubiera hecho con mucho cariño, pero con poca sustancia.

Dentro, las hierbas crecían desordenadamente y sin que nada les pusiera freno. Una jacaranda llena de vida se estiraba junto al muro y dejaba caer de tanto en tanto una carga de florecillas moradas que planeaban en el aire y cubrían el suelo con un precioso tapiz.

Y allí, sobre un taburete y junto a un horno de tabique que estaba a la intemperie, me encontré al artista totalmente entregado al moldeado de una figurilla que sostenía entre sus manos, a su lado un chamaco de unos cuatro años jugaba con una bolita de barro. Es mi nieto, me dijo, está aprendiendo el oficio.

Como me había pasado casi siempre que había visitado espontáneamente a un maestro, don Guillermo no tenía piezas para vender. Si quería algo, tendría que hacerle un pedido y volver. Nos pusimos en marcha, dejando al joven aprendiz en casa y fuimos a elegir unas piezas hasta la Universidad de Colima, donde tiene un taller escuela.

Por el camino me fue contando que acababa de regresar de Estados Unidos, de visitar a uno de sus hijos que ya es norteamericano. La vida allí me gusta, me dijo, muchas mañanas salgo de casa y me subo en el primer autobús que pasa, y allí voy, donde me lleve. Toda una aventura para mí, porque no hablo ni una palabra de inglés, me dijo con una carcajada.

El taller estaba en el recinto de la Universidad, al aire libre pero con una parte techada. Encima de la mesa había un par de recipientes de crema LALA con pintura y otras mezclas que no supe identificar, una olla de barro a medio hacer, una pieza hecha añicos, varios pinceles y una escoba roja.

En la estantería, junto a la pared, tenía algunas piezas, entre ellas un guerrero con caracol, unos perritos danzantes y dos preciosas máscaras. Eran reproducciones de figuras prehispánicas, todas menos una, una mujer sentada y desnuda, con cuello de cisne, rasgos elegantes y expresión lánguida, que acababa de regresar de una exposición en Japón.

Me pareció lo mejor de toda la colección, una figura conmovedora, con una fuerza expresiva tremenda y una técnica perfecta. A veces me salen estas cosas, me las invento, me dijo con mucha timidez y quitándole importancia a su obra.

Esa fue la única pieza que aquel día me pude llevar, para las demás esperé diez largos meses.

Desde entonces, la enigmática mujer ha viajado conmigo y sufrido varias mudanzas, de algunas salió airosas, de otras no.

La peor estación fue en El Cairo, Egipto, donde no fue bien recibida. Una mujer desnuda, aunque sea de barro, es una afrenta, una amenaza en determinados ambientes. Los oficiales de la aduana abrieron todas las cajas buscando cualquier objeto “prohibido”, libros, discos, películas, arte… y la encontraron a ella y la partieron en dos. Por suerte y a pesar de los daños, volvió a su caja y a sus dueños.

Después de un poco de cola  y algunos cuidados, conseguimos que se sentara otra vez. Y aquí sigue, retando al tiempo, igual de enigmática y conmovedora.

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