By octubre 22, 2012 Read More →

Una historia de Ignacio Peralta y el barro policromado

Ignacio Peralta Soledad, artesano del barro policromado, fue uno de los maestros del arte popular mexicano que más me cautivó. Hombre abierto y espontáneo, de risa fácil y alegre habla de su trabajo con enorme cariño y la humildad de aquel que no es consciente de su valiosa aportación a la cultura de un país con profundas raíces populares.

Fui a Huaquechula un domingo. Había conseguido su dirección, pero no el número de teléfono, posiblemente ni lo tuviera. A pesar de no saber si lo encontraría, me puse en marcha, el trayecto por los magníficos paisajes del estado de Puebla merecía la pena por sí mismo.

Salí de casa y como todos los días eché un vistazo al Popocatépetl, que aquella mañana me sorprendió con un leve manto nevado recortado sobre un cielo azul inmenso, que flaqueaba de cuando en cuando por la exhalación de breves fumarolas de vapores blancos y cenicientos. Aquel volcán adornaba mis días desde hacía algunos años, y me recordaba cada mañana, la suerte de estar allí.

Cuando llegué, Peralta no estaba en casa, pero los vecinos me pusieron al día, posiblemente estuviera en misa. Paseé un rato por el barrio y compré un café en una de esas tiendas que venden de todo. Sentados en el escalón de la entrada había unos muchachos algo desarrapados, bebiendo cerveza a ritmo del corrido que salía gritón por un precario altavoz que colgaba medio roto del techo. Aunque me parecieron inofensivos, cambié de acera.

A punto estaba de abandonar la espera cuando le vi subir la calle empujando una silla de ruedas. Abrió la puerta muy contento de tener visita y me pidió unos minutos para colocar a su madre, inválida, en la cama. Cuando estuvo listo pasé con reparos. Tuve la sensación de traspasar una intimidad que no me correspondía.

Atravesé la puerta y me encontré en una habitación que parecía cumplir con todas las necesidades domésticas. En un rincón había un fregadero y un fogón, también una pequeña mesa con sillas y junto a la pared dos camas, en una de ellas yacía de lado la anciana que debía estar en su mundo. Me pareció una vida muy humilde para alguien que tiene sus piezas en grandes museos del mundo, como el Museo Británico, pero lamentablemente es una situación común a muchos de los maestros del arte popular.

De ahí pasamos a una segunda habitación con suelo de tierra y que parecía ser su taller. Encima de una mesa de tablones de madera tenía una cuidada exposición de piezas, que daban color y gracia a la estancia. Sobre todo había sahumerios y candelabros ceremoniales, todos ellos únicos, que parecían estar habitados por angelitos de alas doradas y cara risueña que descansaban sobre las piezas entre ramas y flores de barro.

Sobre una repisa había una banda de música uniformada y unas damas antiguas vestidas de blanco y purpurina que servían de candelabros de mesa. Estas figuras las ideó mi madre, me dijo, y yo continúo con la tradición.

Me sorprendió la vis comercial que tenía, hablaba con tanto cariño y modestia sobre su trabajo que acabé comprando de todo. El me lo agradeció, regalándome un par de “damas” para la mesa, escoja las que quiera, me dijo.

Le pedí que me las firmara y me miró desconcertado. ¿Qué se las firme, cómo? preguntó. Como quiera, le dije sorprendida con la pregunta. Entonces emocionado sacó un rotulador tan grueso que hubiera servido para pintar una pared, y dando la vuelta a las piezas comenzó a escribir con grandes trazos su nombre.

Y así fue como el artista inmortalizó su obra y aquella mi primera visita.

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